PARTE 1
Santiago Herrera acreditava que já havia enterrado seu passado.
Ele tinha um caminhão novo, uma empresa em crescimento em Guadalajara e uma noiva que sempre sorria quando câmeras estavam por perto. Paulina Arriaga era elegante, vinda de uma família conhecida, uma daquelas mulheres que pareciam ter uma vida confortável antes de nascer.
Mas naquela tarde, em uma estrada empoeirada para Tepatitlán, tudo caiu sobre ele.
"Pare, Santiago!" Paulina gritou do banco do passageiro.
Ele freou bruscamente, acreditando que um cachorro havia cruzado seu caminho.
Mas não era um cachorro.
À beira da estrada, sob o sol forte de Jalisco, ficava Mariana.
A ex-mulher dele.
A mulher que ele expulsou de casa há um ano.
A mulher que ele acusou de roubar dinheiro da empresa, vender as joias da mãe e mexer com outro homem enquanto ele trabalhava como burro.
Mariana usava uma blusa desbotada, tênis rasgados e um saco plástico cheio de latas amassadas. Seu rosto estava mais magro, suas mãos queimadas de sol, mas seus olhos continuavam os mesmos.
Triste.
Cansado.
Digno.
Santiago sentiu a garganta secar.
Porque Mariana não estava sozinha.
Colados ao peito, enrolados em cobertores gastos, estavam dois bebês.
Gêmeos.
E embora a distância fosse curta, Santiago conseguiu vê-los claramente.
Tinham cabelo escuro.
O queixo dele.
Seus olhos.
Aquele mesmo olhar sério que sua avó sempre dizia que todos os homens Herrera tinham desde crianças.
Paulina soltou uma risada fria.
"Ah, pobre mulher. Só olha como terminou.
Ele tirou uma nota de 500 pesos da bolsa e jogou pela janela.
—Cómprales algo, Mariana. Aunque sea leche barata.
El billete cayó en el polvo.
Mariana ni siquiera se agachó.
Solo miró a Santiago.
No le pidió nada.
No lloró.
No reclamó.
Lo miró como se mira a alguien que pudo salvarte y decidió hundirte.
Luego acomodó mejor a los bebés contra su pecho y siguió caminando por la orilla del camino.
Santiago no pudo moverse.
—¿Qué te pasa? —preguntó Paulina, molesta—. Ya vámonos. Esa mujer siempre fue buena para hacerse la víctima.
Él arrancó, pero algo dentro de su pecho ya no volvió a acomodarse.
Esa noche no durmió.
Se acostó junto a Paulina, pero su mente seguía en la carretera.
Los bebés.
La cara de Mariana.
El billete tirado en el polvo.
Durante meses, Santiago se había repetido que hizo lo correcto. Que Mariana lo traicionó. Que las fotos en el hotel eran prueba suficiente. Que el dinero desaparecido de sus cuentas no podía mentir. Que el collar de diamantes de su madre encontrado en el cajón de Mariana lo decía todo.
Pero ahora, al recordar a esos niños, algo no cuadraba.
Si Mariana estaba embarazada cuando él la corrió, ¿por qué nunca se lo dijo?
A la mañana siguiente, sin decirle nada a Paulina, llamó a David Robles, un investigador privado de confianza.
—Necesito que encuentres todo sobre Mariana Salcedo —ordenó—. Dónde vive, qué hizo este último año, si tuvo hijos… todo.
David no hizo preguntas.
3 días después, Santiago recibió la llamada.
—Santiago —dijo David con voz baja—, si estás sentado, mejor.
El corazón le golpeó fuerte.
—Habla.
—Mariana ingresó hace 11 meses al Hospital Civil de Tepatitlán. Estaba embarazada de alto riesgo. Eran gemelos.
Santiago sintió que el cuarto se movía.
—¿11 meses?
—Sí. Y te puso como contacto de emergencia. Tu celular personal, tu oficina, hasta el número de tu casa.
—Yo nunca recibí nada.
—Lo sé. Porque alguien pagó para borrar avisos del sistema y desviar llamadas.
Santiago apretó el teléfono.