¿Quién?
David guardó silencio unos segundos.
—Te acabo de mandar los documentos.
Santiago abrió el correo con las manos temblando.
Al final de la autorización del pago aparecía una firma.
Paulina Arriaga.
Su prometida.
Y debajo, una nota que decía: “Eliminar toda notificación relacionada con embarazo de Mariana Salcedo”.
Santiago se quedó mirando la pantalla como si acabara de ver un muerto levantarse.
Pero lo peor todavía no llegaba.
PARTE 2
Santiago manejó sin rumbo durante casi 1 hora.
No quería volver a la casa donde Paulina elegía flores para la boda como si nada. No quería escuchar su voz dulce, ni verla probarse vestidos blancos después de haber firmado algo tan oscuro.
Cuando por fin se detuvo frente a su oficina, David ya lo estaba esperando con una carpeta gruesa.
—No es solo lo del hospital —le dijo.
Santiago sintió un frío raro en la nuca.
David abrió la carpeta sobre el escritorio.
Primero estaban las fotos del supuesto hotel donde Mariana, según Paulina, había entrado con un hombre. Santiago las había visto 100 veces. Habían sido el cuchillo que partió su matrimonio.
—Son montajes —explicó David—. La cara de Mariana fue insertada. El video original existe. La mujer real era otra.
Santiago se llevó la mano a la boca.
Después vinieron los estados de cuenta.
El dinero que Mariana supuestamente había robado nunca pasó por sus manos. Había sido movido a cuentas fantasma ligadas a una empresa de Martín Arriaga, hermano de Paulina.
Luego apareció el tema del collar.
David puso una memoria USB sobre la mesa.
—Cámaras de seguridad de tu casa. Alguien las borró del sistema principal, pero quedó respaldo en la nube.
El video mostraba a Paulina entrando al vestidor de Santiago 2 horas antes de que su madre gritara que faltaba el collar. Paulina abría un cajón de Mariana, metía algo envuelto en un pañuelo y salía tranquila.
Santiago sintió náusea.
Recordó a Mariana llorando de rodillas en la sala.
“Yo no fui, Santiago. Te lo juro por lo que más quieras.”
Y él, cegado por el orgullo, le respondió:
“Lárgate antes de que llame a la policía.”
Esa frase le volvió como un golpe.
—Hay más —dijo David.
Las cartas.
Mariana había enviado 8 cartas a la oficina de Santiago. Todas fueron recibidas por una asistente temporal contratada por Paulina.
Nunca llegaron a sus manos.
Los correos fueron eliminados desde una computadora en la casa de Paulina.
Las llamadas fueron bloqueadas.
Hasta la clínica donde Mariana tuvo control prenatal recibió una instrucción falsa: “No contactar al señor Herrera por decisión familiar”.
Durante 1 año, Santiago había dormido bajo techo, comido en restaurantes caros y firmado contratos millonarios mientras Mariana cargaba a sus hijos en albergues, en camiones, en salas de espera, juntando latas para comprar pañales.
La culpa le dobló la espalda.
Esa misma tarde, David le dio una dirección.
—Está en un refugio rural cerca de Acatic. No sé cuánto tiempo se quede. La directora dice que Mariana no acepta ayuda de cualquiera.
Santiago llegó cuando el sol empezaba a bajar.
El refugio era una casa vieja con paredes color crema y un patio lleno de tendederos. Había niños jugando con una pelota ponchada y mujeres sentadas en bancas de cemento.
Mariana estaba al fondo, bajo un árbol de guayaba, dando biberón a uno de los gemelos mientras el otro dormía en su regazo.
Santiago se detuvo a unos pasos.
Por primera vez en su vida, no supo cómo hablar.
—Mariana —susurró.
Ella levantó la mirada.
No sonrió.
No se sorprendió.
Solo apretó más al bebé contra su pecho.
—¿Qué haces aquí?
Santiago tragó saliva.
—Ya sé la verdad.
Mariana cerró los ojos un segundo, como si esa frase le doliera más que todas las mentiras juntas.
—Qué bueno por ti.
Él dio un paso.
—Perdóname.
—No —dijo ella de inmediato—. No me pidas eso como si fuera una puerta que se abre con una palabra.