No dijo nada.
Solo puso una mano en su espalda, como aquella noche en el comedor de Lomas.
Arturo no podía apartar los ojos de Renata.
—Ella… ella no puede ser —murmuró—. Beatriz me dijo que no sobrevivió.
El aire cambió.
Valeria sintió que las palabras le entraban como hielo.
—¿Qué dijiste?
Arturo se agarró del barandal de la entrada.
—Beatriz me dijo que la bebé había fallecido en el hospital. Me mostró una carta. Dijo que tú me culpabas, que no querías volver a saber nada de mí.
Valeria abrió la boca, pero no salió nada.
Durante 7 años había cargado una ausencia.
Una ausencia que dolía en cumpleaños, festivales escolares y tardes de domingo, cuando Emiliano preguntaba por qué sus amigos tenían abuelos en las fotos.
Y ahora ese hombre decía que también había vivido engañado.
—Niños, entren a la casa —ordenó Mateo con suavidad.
—Pero papá…
—Ahorita, campeón.
Emiliano tomó a Renata de la mano y ambos entraron.
Cuando la puerta se cerró, Valeria bajó un escalón.
—Yo te llamé desde el hospital —dijo—. Llamé cuando Renata estaba en incubadora. Llamé cuando salió. Te escribí cartas. En Navidad. En su cumpleaños. Cuando Emiliano entró al kínder. Nunca respondiste.
Arturo negó con la cabeza.
—Nunca recibí nada.
—Neta, ¿quieres que te crea eso?
Arturo sacó del saco una fotografía doblada.
Se la mostró.
Era Renata en el patio de su primaria, con uniforme azul marino, sonriendo con los ojos grandes y el lunar pequeño junto a la oreja izquierda.
—Un socio mío tiene una nieta en esa escuela —dijo Arturo—. Me mandó esta foto hace 1 semana. Me escribió: “Arturo, esa niña se parece demasiado a Valeria cuando era chica”.
Valeria apretó la mandíbula.
—Por eso viniste.
—Vine porque vi ese lunar —confesó él—. Tu mamá tenía uno igual. Tú también. Y cuando Beatriz me dijo que la bebé había muerto, yo… yo pensé que era mi castigo.
Valeria soltó una risa amarga.
—Qué cómodo, ¿no? Castigarte en silencio mientras otros pagábamos la cuenta.
Arturo bajó la mirada.
Esa frase lo golpeó más que cualquier insulto.
Mateo, que siempre había sido el hombre tranquilo, habló por primera vez.
—Don Arturo, con todo respeto, usted no perdió a su hija por una mentira. La perdió primero por su orgullo.
Arturo levantó los ojos hacia él.
En otro tiempo lo habría mandado callar.
Le habría recordado que era “el chofer”.
Pero esa tarde, frente a la casita amarilla, Mateo no era el chofer de nadie.
Era el esposo que se había quedado.
El padre que había pasado noches en sala de espera.
El hombre que había vendido su moto para pagar medicamentos.
Arturo tragó saliva.
—Lo sé.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Y Beatriz?
La cara de Arturo se tensó.
—No sé hasta dónde llegó.
—Pues averígualo —dijo Valeria—. Porque esa mujer no solo te mintió a ti. Les robó a mis hijos 8 años de familia.
Arturo cerró los ojos.
—Déjame verlos una vez más. Solo una vez. Quiero escuchar sus nombres.
Valeria lo miró durante varios segundos.
En su cabeza aparecieron todas las veces que había imaginado ese momento.
A veces se veía cerrándole la puerta en la cara.
A veces se veía gritándole todo lo que había guardado.
A veces, en sus noches más débiles, se veía corriendo hacia él como si todavía fuera la hija que quería que su papá llegara a rescatarla.
Pero esa hija ya no existía.
La mujer frente a Arturo había sido criada por la vida, no por su apellido.
—No vas a entrar hoy —dijo Valeria.
Arturo asintió, destruido.
—Entiendo.
—No —lo corrigió ella—. Todavía no entiendes. Tú crees que una visita arregla 8 años. Crees que venir con una bolsa cara y ojos tristes basta para abrir una puerta.
Arturo miró la bolsa tirada en el piso.
Era de una tienda de Polanco.